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Identidad y personalidad.


 Un estudio de la relación y distinción entre los conceptos.

La barrera entre la identidad y la personalidad nunca ha sido lo suficientemente gruesa.

Es cierto que la concepción de la noción de personalidad siempre ha tenido un mayor foco de atención que el de la identidad y, debido a esto, queremos explorar por qué en ocasiones se hace complicado separar estos dos términos.

Para diferenciar identidad de personalidad, podemos decir que la identidad iría más ligada a quién es esa persona, y la personalidad a cómo esta persona se comporta (Fernandez, 2011)

Para llegar a la comprensión de estos conceptos y su distinción, explicaremos en un primer lugar la idea de identidad. En el año 1950, fue la primera vez que se explicó el concepto de identidad de la mano de Erik Erikson en su teoría biopsicosocial. 

La definición que este le dio fue:

“una síntesis de las funciones del yo, junto con un sentido de solidaridad con los ideales o la identidad del grupo”. 

Debido a esta conceptualización, comprendemos que la identidad se entiende con la idea de “¿Quién soy yo? en relación con los otros”.

Por otro lado, encontramos la personalidad, la cual percibe, filtra y afronta nuestro mundo psicosocial. Se visualiza como aquella pauta distintiva que nos hace funcionar de manera adaptativa con respecto al entorno (Millon, 2002). Pero, ¿Qué ocurre si esta interacción con el medio es, por el contrario, desadaptativa? En este momento entrarían en juego lo que llamamos las personalidades patológicas o, dicho de otro modo, aquellas que no se amoldan al entorno.


Podemos decir que la identidad, en realidad, forma parte de la personalidad desde el punto de vista de los aspectos más relacionados con el nivel personal (autoconcepto), pero que, por desgracia, muchas veces ha quedado ensombrecida únicamente por el estudio de la interacción con los otros.

Ambos conceptos se desarrollan desde la infancia y llegan a su culmen en la etapa de la adolescencia, tras la crisis de identidad. En esta etapa, según Erikson, el individuo experimenta probando nuevos roles en busca de la formación de la identidad del yo. En este momento los individuos se definen tanto de una manera positiva, como de una negativa, es decir, deciden qué atributos quieren que formen parte de ellos y cuáles no, en lo que creen y en lo que no creen, muchas veces llevado a cabo por una elección entre los valores de los propios padres frente a los de los iguales. 

Es por esto, que es totalmente necesario presentar un cierto grado de confusión de la identidad para llegar a su consolidación. El problema ocurriría cuando esta crisis no se resuelve de manera adecuada. 

Esta identidad del yo correctamente formada, tendría un equilibrio entre adaptación e inadaptación, es decir, mayoritariamente adaptada, pero siempre cierto grado de inadaptación en algunos campos. Una identidad del yo no desarrollada adecuadamente, sólo presentaría una de estas dos actitudes (únicamente orientada a la adaptación positiva o completamente inadaptada), generando así una confusión de roles, no sabiendo quienes son, a dónde pertenecen o a dónde quieren ir. 

En el estudio exhaustivo que realizó Erikson con excombatientes de la Segunda Guerra Mundial, sugirió la gran influencia del entorno en la creación de una identidad confusa y como las experiencias traumáticas eran mayoritariamente la causa de este desorden del yo (Erikson, 1950).
La frase “la condición para ser dos es que uno debe primero convertirse en uno mismo”, se comprobó en un estudio llevado a cabo por Beyers y Seiffge en el 2010. Se encontró evidencia de que existe una alta relación entre la formación de la identidad y la posterior capacidad de establecer relaciones íntimas. Entendiendo como la formación de la identidad de uno mismo influye notoriamente en la relación y comportamiento con los otros.
Múltiples estudios cada vez relacionan en mayor manera la personalidad patológica con la falta de integración del autoconcepto o identidad, concretamente en el trastorno límite de la personalidad (Kernsberg, 2007). Ciertamente, en varios estudios se confirma que la gran diferencia entre aquellas personas con afecto negativo exagerado e impulsividad de presentar o no trastorno límite de la personalidad, residía en la alteración de la identidad (Levy, 2002).

Del mismo modo, aunque estudiado en menor medida, ocurre en diferentes patologías de la personalidad, por ejemplo, la identidad “exagerada o grandiosa”, a pesar de que el entorno muestre lo contrario, de las personalidades narcisistas; la identidad fusionada de las personalidades dependientes; o las identidades inventadas o llevadas al extremo de las personalidades histriónicas (Jose Luis Marín, 2011). 

A menudo se ha dejado atrás el término de identidad y el desarrollo de la identidad del yo, como factor esencial en la consolidación de patologías de la personalidad. 

Debido a esto, es necesario concluir, que se muestra como una tarea esencial incluir el estudio y la contemplación de la identidad ligada al estudio de la personalidad, ya que ambos conceptos coexisten y la consolidación de la primera afecta a la globalidad de la segunda. Pudiendo, del mismo modo, ser de gran ayuda la contemplación de la misma en la evaluación e intervención terapéutica.

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