Verano y crianza: una oportunidad para volver a encontrarte
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Esto es para ti, mamá.
Esto es para ti, papá.
Para ti, que haces lo que puedes cada día. Que intentas cuidar, educar y acompañar a tus hijos mientras también sostienes el trabajo, la casa, las preocupaciones y tu propia vida.
Ojalá este verano puedas regalarte unos minutos para leer estas líneas. No para hacerlo mejor. No para exigirte más. Solo para parar y preguntarte, con calma, cómo quieres vivir la crianza.
El verano no solo cambia los horarios de los niños, también transforma nuestro ritmo. Hay menos deberes que supervisar, menos carreras contrarreloj para llegar al colegio o a las actividades, y suelen disminuir las reuniones de última hora en el trabajo. Todo ello pone sobre la mesa algo que durante el curso escolar muchas veces escasea: tiempo.
Ese tiempo en verano tiene una cualidad particular. Algunas familias descubren momentos de calma: tardes sin reloj, conversaciones que se alargan, juegos sin prisas. Otras, en cambio, se encuentran con cierto vacío o incomodidad, como si ese espacio libre fuese algo extraño al que cuesta acostumbrarse.
Y está bien si este verano no se parece al que imaginabas. No hace falta que sea perfecto para que pueda enseñarte algo.
En cualquier caso, puede ser un buen momento para acercarnos a lo que de verdad nos resulta importante en relación con nuestro rol como madres o padres.
¿Quién quiero ser en la vida de mis hijos, más allá de las obligaciones y de todo lo que "tengo que" hacer por ellos?
No qué quiero que consigan.
No si este verano están aprovechando cada minuto.
Sino... ¿cómo quiero que se sientan cuando están conmigo?
Durante el curso, es fácil que la crianza se convierta en una sucesión de tareas: llevar y traer de sus diferentes actividades, supervisar deberes, gestionar horarios. Todo ello importa, pero muchas veces termina reduciendo la relación que estamos construyendo a esa lista de funciones.
En verano, cuando algunas tareas se reducen, pueden aumentar los momentos de presencia y vínculo. No por el mero hecho de que sea verano, sino porque se generan más espacios para que esos encuentros puedan ocurrir.
Si nos detenemos en esos instantes, es posible que la pregunta anterior empiece a encontrar respuestas más amplias y salgamos del marco de los objetivos típicos del curso, como "que se porte bien" o "que estudie y apruebe".
Es ahí donde aparecen nuestros valores de crianza, que no tienen un final que se alcance y se tache, sino que se dibujan como una dirección hacia la que queremos seguir caminando como madres o padres.
Quizá para ti esa dirección signifique...
- Ser una figura presente, alguien con quien mi hijo pueda contar. No estar solo físicamente, sino también emocionalmente.
- Transmitir una forma de estar en el mundo que vaya más allá de la obligación y la productividad.
- Fomentar su autonomía, permitiéndoles explorar, equivocarse y probar cosas nuevas sin temor al juicio.
No son metas que un día se consiguen y ya está. Son una forma de caminar, una brújula que puede guiarnos incluso cuando sentimos que nos hemos desviado.
A veces, descubrimos que, cuando estamos tranquilos y sin prisa, de pronto disfrutamos enormemente escuchando a nuestros hijos; nos permitimos entrar en su mundo. Y, al mismo tiempo, nos damos cuenta de que, durante el curso, casi siempre y casi sin querer, respondemos con prisas, con interrupciones, con un "ahora no puedo". No porque no nos importe, sino porque el ritmo de la rutina muchas veces nos aleja de esa presencia sin darnos cuenta.
Todo esto emerge en verano porque hay tiempo, porque dejamos de mirar el reloj de forma constante. Y, en esos momentos, puede que incluso nos reconozcamos más cerca de esos padres y madres que queremos ser.
Sin embargo, con la llegada de septiembre y del nuevo curso, esta visión muchas veces se difumina. La rutina de colegios y trabajos vuelve a ocupar el centro, y es normal: habla de nuestros miedos, de nuestra sensación de responsabilidad y de todo lo que sentimos que tenemos que sostener.
Podemos aceptar y validar esa parte de nosotros, pero también entenderla como un punto de partida y formular una nueva pregunta:
¿Qué parte de esta experiencia queremos que siga viva en nuestra normalidad, aunque sea en dosis pequeñas?
Esto nos coloca en una posición diferente: no negar que septiembre trae una reducción del tiempo disponible, sino preguntarnos qué espacios podemos encontrar durante el curso que nos acerquen a esa forma de ejercer la crianza que hemos podido practicar durante el verano.
A veces se trata de las acciones más sencillas: -
- Detenernos cuando nuestros hijos nos hablan para escuchar sin prisa,
- Alargar una cena aunque eso suponga dormirnos unos minutos más tarde
- Permitirnos un paseo improvisado,
- Un juego breve antes de dormir...
¿Añadirías algo más a esta lista?
Al final se trata de pequeños momentos que, repetidos una y otra vez, construyen el vínculo que queremos tener con nuestros hijos.
Y antes de terminar, nos gustaría decirte algo.
Si al leer este artículo sientes que últimamente te has alejado del padre o de la madre que te gustaría ser, no conviertas esa sensación en una razón para castigarte.
Conviértela en una oportunidad para volver a elegir la dirección hacia la que quieres caminar.
Porque criar es uno de los mayores retos que vivimos. Es bonito, sí, pero también es difícil. Y es normal sentirse cansado, dudar, perder la paciencia o sentir que no llegamos a todo.
No estás sol@
Si en algún momento sientes que no puedes con todo, pedir ayuda siempre es una opción y también es una forma de cuidar.
Y recuerda: tus hijos no necesitan padres perfectos. Te necesitan a ti.


































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