Ansiedad: ¿aliada o enemiga?


Ansiedad, ansiedad…una “simple” palabra,

¡pero qué poderosa!

Hoy en día estamos muy acostumbrados a escuchar o incluso a decir esta palabra con muchísima frecuencia.

De hecho, si hacemos un pequeño experimento y escribimos “ansiedad” en el buscador de Google, podemos encontrar que aparecen en torno a los 58 millones de resultados en español, y alrededor de 294 millones de resultados en inglés cuando se busca la palabra “anxiety”. Esto ya nos da una idea de la cantidad de información que existe al respecto, pero, sobre todo, nos permite entender la necesidad creciente que tenemos las personas de darle sentido o de comprender aquello que sentimos cada vez más seguido y ante un sinfín de circunstancias en las que entendemos que hay mayor probabilidad de que se dispare ese “pequeño monstruo” de la ansiedad.

Pero, ¿qué pasa con ese “pequeño monstruo”? ¿qué poder tan inmenso puede tener una palabra que solo con ser leída, imaginada, escuchada, o sentida, genere el gran rechazo –y/o miedo- que suele despertar en muchos?

Lo cierto es que la ansiedad no es más que una emoción que, como cualquier otra, aparece en forma de reacción automática, y lo hace cuando nos encontramos ante una amenaza a la que tenemos que hacer frente (hablar en público, salir de casa cuando nos da miedo hacerlo, resolver un conflicto, terminar una tarea a tiempo, hablar de algo que nos cuesta mucho, y un extenso etc.)

Pues bien, desde este punto de vista, podríamos entender que la ansiedad tiene una función absolutamente adaptativa que pasa, en primer lugar, por avisarnos de la gravedad de la amenaza que se nos presenta y, en segundo lugar, por prepararnos para la acción y permitirnos hacer frente a la situación.

Entonces, si esto es así, podríamos llegar a pensar en la ansiedad casi como una amiga…como un jugador de nuestro equipo, un ayudante para salir de situaciones difíciles con éxito. Pero la realidad es que no suele ser así…entonces ¿por qué la vivimos, en muchas ocasiones, como si fuera el peor de nuestros enemigos?

El problema surge cuando vemos que ese “aliado”, por mucho que quiera ayudarnos, nos hace sentir cosas desagradables en nuestro cuerpo, y se suele acompañar de pensamientos negativos o catastrofistas acerca de lo que pueda suceder. Es en ese momento cuando aparece la nueva protagonista de la historia: la evitación, una gran conocida de muchos y excelente amiga de otros.

La evitación, en este sentido, es experta en ayudarnos a rechazar toda posibilidad de entrar en contacto con aquello que nos pueda resultar doloroso o aversivo (pensamientos, emociones, recuerdos, sensaciones físicas). Y lo sabe hacer tan bien, que nos pasamos gran parte del tiempo intentando evitar o controlar esas experiencias desagradables, para alterar la forma o frecuencia de las mismas, así como de las condiciones que puedan generarlas (por ejemplo, dejamos de hacer cosas que pueden producirnos ansiedad, o dejamos de ir a sitios en los que creemos que ésta puede aparecer…).

Cuando nos vemos en estas circunstancias, convertimos nuestra vida en una especie de lucha entre la ansiedad y nuestros intentos por evitarla a toda costa. La ansiedad pasa a ser el centro de nuestra atención y todo lo demás deja de importar. Nos desviamos de otras cosas que son importantes para nosotros porque quitarnos la ansiedad de encima se ha convertido en nuestro objetivo número 1.

Pero lamentablemente, nuestra mente, que es muy lista, tiene una forma muy paradójica de funcionar, en donde el pensamiento se rige por unas leyes particulares, algunas de las cuales presentamos a continuación:

  • Los pensamientos generan sensaciones: probablemente te resulte muy conocida esta ley. Basta con pensar en una situación o un recuerdo asociado a una emoción para activarla. Hagamos la prueba: cierra los ojos durante unos instantes y trae a tu mente una imagen o un recuerdo de un momento muy feliz, de uno muy doloroso, o de algo que te produce miedo…¡tú eliges! Solo dedícate a observar la imagen que se te viene a la cabeza y permite que tu cuerpo reaccione al contenido de tus pensamientos. ¿Has notado algo diferente? (Si la respuesta es que no, tampoco pasa nada…solo se trata de observar lo que ocurre sin hacer nada para cambiarlo).

  • Podemos pensar en lo que queramos, pero dejar de pensar en lo que no queremos es un poco más complicado: nuestro pensamiento, la mayoría de las veces va por libre. Se mueve de un sitio a otro y controlarlo es muy difícil. Para comprobar esta ley te proponemos otro pequeño ejercicio. Continúa leyendo y durante los próximos segundos te vamos a pedir que por favor, hagas lo que hagas, no pienses bajo ningún concepto en un elefante rosa… puedes pensar en todo lo que quieras menos en un elefante rosa. ¿Cómo lo llevas? ¿puedes hacerlo?... intenta distraerte. Haz todo lo posible por pensar en ese millón de cosas que tienes en tu cabeza, pero solo en eso, en nada más…

Ahora ya puedes seguir leyendo. ¿Recuerdas que fue lo que te pedimos?...¿que no pensaras en un…. elefante rosa?

Probablemente con estos ejercicios propuestos has podido comprobar que la gestión y manejo de nuestros pensamientos no es tarea sencilla.

¿Pero cuál es la relación entre esto y la ansiedad? Hagamos otra prueba. ¿Qué tal si según vas leyendo estas palabras te animas a coger lápiz y papel para escribir algunas cosas sobre tu ansiedad, esa que probablemente alguna vez has sentido o que incluso estás sintiendo ahora mismo? Puedes escribir una pequeña carta dirigida a ella: “querida ansiedad, me gustaría decirte que…”. O si esto te parece demasiado, puedes hacer simplemente una lista de adjetivos que, desde tu punto de vista, describen a tu “pequeño monstruo interior”. “Mi ansiedad es…¿desagradable? ¿molesta? ¿pesada?...”. Tómate la libertad de escribir lo que se te ocurra. Total, es solo para ti.

Muy probablemente quienes se hayan animado a hacer los ejercicios propuestos, habrán comprobado que son pocas las cosas positivas que solemos pensar y decir de nuestra ansiedad. Y cuando ésta se convierte en el único foco de nuestra atención, porque por ley, esto es lo que ocurre cuando nos sentimos amenazados por alguien o algo, nuestro siguiente paso, naturalmente, es intentar deshacernos por todos los medios de lo que nos genera malestar. Así que queremos que la ansiedad se vaya SÍ O SÍ…pero si volvemos a lo que decíamos un poco más arriba sobre nuestros pensamientos, ¿qué suele pasar cuando intentamos dejar de ver, pensar o sentir algo que estamos viendo, pensando o sintiendo?...

¡Exacto! Se hace más fuerte. Entramos entonces en un círculo vicioso en el que, lejos de eliminar la ansiedad (o lo que sea que rechacemos), acabamos haciéndola más fuerte.

¿Cuál puede ser una alternativa? Una idea la podemos encontrar en el siguiente vídeo.